-Por Mitzam Fontiveros

En un mercado que a menudo prioriza la velocidad y la industrialización, nos sentamos con el arquitecto Octavio Van Praag para entender la filosofía detrás de su proyecto más personal hasta la fecha: Casa Caña Dulce.

Lo que comenzó como una obra en el corazón de Guanacaste, se transformó en una reflexión profunda sobre el legado familiar, la crisis climática y el retorno a los materiales vivos. En esta charla exclusiva, Octavio nos abre las puertas de su proceso creativo y nos comparte su «Manifiesto», un documento que es tanto una declaración ética como un puente entre la sabiduría de su padre, también arquitecto, y las urgencias del futuro.

Para Octavio, la arquitectura no es una estructura estática, sino un organismo que respira.

A continuación, compartimos en sus propias palabras la esencia de Casa Caña Dulce: una invitación a repensar cómo queremos habitar el planeta.

Manifiesto para una Arquitectura Regenerativa en Guanacaste: CASA CAÑA DULCE

Para mí, este proyecto también representa algo profundamente personal.

Construir esta casa en un país nuevo implicó años de esfuerzo, incertidumbre y muchísimo trabajo humano detrás de cada muro, cada pieza de bambú y cada acabado artesanal.

Y de alguna forma, esta casa termina convirtiéndose también en un puente invisible entre generaciones.

Entre aprendizajes heredados y nuevas búsquedas.

Entre la fragilidad humana y el deseo profundo de seguir creando espacios que cuiden la vida.

Esta casa nace desde una pregunta simple, pero urgente:

¿cómo volvemos a construir sin seguir agotando el mundo?

Hoy, la industria de la construcción representa cerca del 40% del impacto ambiental y energético global —una cifra ampliamente documentada y fácilmente verificable en estudios internacionales sobre emisiones y consumo energético—. Y, sin embargo, rara vez hablamos realmente de ello.

Existe una contradicción silenciosa en nuestra época: hablamos constantemente de sostenibilidad, pero seguimos construyendo casi todo con materiales de altísimo impacto energético.

Incluso en Costa Rica —un país asociado internacionalmente con la naturaleza y la conciencia ecológica— la construcción continúa dependiendo masivamente del cemento y el metal, muchas veces incluso dentro de proyectos que se promocionan como sostenibles.

La verdadera transformación probablemente no dependa solamente de agregar tecnología “verde”, sino de replantear profundamente los materiales, los oficios y la manera misma en que concebimos la arquitectura.

Frente a ese panorama, decidimos tomar otro camino.

No fue el más rápido.

Tampoco el más fácil.

Fue un proceso intenso, artesanal y profundamente humano.

Un proceso de escucha hacia el clima, los materiales, el territorio y los ritmos naturales de Guanacaste.

Esta casa no busca solamente albergar personas.

Busca demostrar que otra manera de construir todavía es posible.

El bambú aquí no aparece como un gesto estético superficial.

Es estructura, sombra, textura y declaración ética.

Por su capacidad de captura de carbono, su rápido crecimiento, sus propiedades estructurales y su baja demanda energética, el bambú representa hoy uno de los materiales más regenerativos disponibles para la construcción contemporánea. Utilizarlo masivamente en la estructura y cielos rasos de esta casa fue también una toma de posición frente a la crisis climática.

Pero la sostenibilidad no depende únicamente de los materiales.

Depende también de cómo una casa respira.

La vivienda fue diseñada bajo principios bioclimáticos que reducen la necesidad de climatización mecánica. El patio interno mantiene ventilación cruzada permanente, permitiendo que el aire caliente ascienda y escape naturalmente mientras el aire fresco circula constantemente por la casa.

A veces las puertas se cierran solas inesperadamente.

No por un error, sino porque la brisa nunca deja de moverse dentro de la vivienda.

El pozo canadiense implementado funciona como un sistema piloto y experimental de intercambio térmico con la tierra. Aunque no reemplaza un aire acondicionado convencional, sí logra reducir la temperatura interior y demuestra el enorme potencial que tienen los sistemas pasivos de climatización en climas tropicales secos.

La casa no pretende comportarse como una máquina hermética.

Se comporta como un organismo vivo.

Los cuartos fueron construidos con sistema de bahareque, recuperando técnicas ancestrales de tierra y fibras naturales desplazadas por modelos industriales de alto impacto. La tierra utilizada en estos muros proviene completamente del mismo terreno donde la casa fue construida, reduciendo transporte, energía incorporada y reforzando una relación directa entre arquitectura y lugar.

Los acabados en barro y cal hidráulica generan confort térmico, regulación de humedad y resistencia natural frente al moho, insectos y deterioro tropical. Los pisos de arcilla cocida, los muros dobles de ladrillo artesanal y las piedras naturales aportan masa térmica, ayudando a estabilizar la temperatura interior y disminuir las oscilaciones extremas del clima seco tropical.

Nada aquí intenta luchar violentamente contra el entorno.

Todo intenta dialogar con él.

Esta casa tampoco busca la perfección artificial de los materiales industrializados. Las leves grietas, variaciones y texturas irregulares del barro, la cal, el bambú y las losetas artesanales hablan del comportamiento vivo de los materiales y de la huella humana detrás del proceso constructivo.

En una época obsesionada con superficies perfectas y homogéneas, decidimos abrazar una arquitectura más honesta.

Incluso la iluminación fue pensada desde la contención. Se evitó la sobreiluminación artificial para reducir contaminación lumínica y recuperar la experiencia de la oscuridad natural y los ciclos biológicos que la arquitectura contemporánea muchas veces ignora.

La piscina de agua salada reduce el uso de químicos agresivos y el paisajismo utiliza especies adaptadas a la sequía guanacasteca y de bajo consumo hídrico, entendiendo que diseñar también implica respetar la escasez futura del agua.

Pero quizás lo más importante de esta casa no es únicamente el resultado final.

Es el proceso.

Cada detalle implicó recuperar conocimientos artesanales que lentamente se han ido perdiendo: trabajar con tierra, cal, bambú, piedra y sistemas pasivos. Oficios transmitidos durante generaciones y luego desplazados por una construcción acelerada, industrializada y altamente dependiente de energía.

Invertir en estos sistemas no es mirar hacia atrás.

Es asegurar que el futuro todavía tenga alternativas.

Porque una arquitectura verdaderamente sostenible no puede depender solamente de tecnología importada. También necesita reconstruir la cultura material, recuperar oficios locales y volver a conectar la arquitectura con el territorio que la sostiene.

Esta casa es una apuesta por esa transición.

Una arquitectura donde tradición y tecnología no compiten, sino colaboran.

Quizás durante mucho tiempo se nos hizo creer que construir mejor era construir más industrialmente, más rápido y más estandarizado.

Pero el futuro probablemente necesite exactamente lo contrario:

más inteligencia pasiva, más materiales vivos, más mano humana, más conocimiento local y más sensibilidad climática.

Esta casa en Guanacaste no pretende ser perfecta.

Pretende abrir una conversación.

Una conversación sobre cómo queremos habitar el planeta en las próximas décadas.

Y sobre cómo la arquitectura todavía puede ser una herramienta de regeneración, belleza y equilibrio.

EL POZO CANADIENSE

El sistema de pozo canadiense implementado en la casa funciona como un método pasivo de intercambio térmico con la tierra, aprovechando la estabilidad de temperatura que existe bajo la superficie del terreno.

El sistema consiste en un ducto subterráneo de aproximadamente 45 metros de largo y 30 cm de diámetro, enterrado a unos 2.5 metros de profundidad. A esa profundidad, la temperatura del suelo se mantiene mucho más estable que la temperatura exterior, especialmente durante las horas de mayor calor.

El aire exterior circula a través de este ducto enterrado y, durante el recorrido, intercambia temperatura con la tierra. Cuando el clima exterior es muy caliente —como suele ocurrir en Guanacaste— el aire logra enfriarse algunos grados antes de ingresar a la vivienda. Curiosamente, mientras mayor es la temperatura exterior, más perceptible se vuelve la sensación de frescura del sistema. Durante la noche, cuando la temperatura ambiente desciende y se acerca más a la temperatura del suelo, el efecto térmico se vuelve más sutil y equilibrado.

El ducto principal desemboca en una caja de registro central, desde donde se distribuye el aire mediante tuberías de PVC de 3 pulgadas hacia distintos espacios de la casa. Cada ambiente cuenta con extractores de 12 voltios que pueden activarse individualmente, permitiendo mover el aire fresco hacia el interior según necesidad.

Aunque el sistema no pretende reemplazar un aire acondicionado convencional, sí contribuye a reducir la temperatura interior y disminuir la dependencia de sistemas mecánicos de alto consumo energético. Además, forma parte de una estrategia bioclimática más amplia basada en ventilación cruzada, masa térmica y materiales naturales.

Este pozo canadiense debe entenderse también como un sistema piloto y experimental. Más allá de sus resultados actuales, el proyecto busca seguir investigando y perfeccionando aspectos como la eficiencia térmica, el flujo de aire, el consumo energético y el aislamiento acústico dentro de los ductos.

Parte del valor de este tipo de arquitectura está precisamente en volver a experimentar con sistemas pasivos adaptados al territorio y al clima local, en lugar de depender exclusivamente de soluciones industriales estandarizadas.

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